martes, 17 de julio de 2007

deme otro

Al finalizar el horario de clases llega una ma­dre a buscar a su hijo. La intercepta la maestra, que trae al niño de una mano.
—Señora, hoy Fernando se portó fatal,
—¿¡Otra vez!?
—Pero fatal, fatal... no hace caso, contesta, se burla de los compañeros...
—Pues, entonces, déme otro.
—¿¡Cómo que "otro"!? ¿Otro niño?
—Sí, porque tampoco sé qué hacer.
—Pero, es que no puede ser.
—Con su padre ya le dijimos (mirando al niño), pero si él no quiere hacer caso... Qué, ¿no hay más niños?
—Es que no se trata de eso, la escuela está llena de niños...
—Pues cambíemelo y listo.
—(Dubitativa). No, pero...
—Casi mejor pruebo con una niña, estoy pensando.
—Es que se me desordena todo, señora, lue­go vendrá la madre de la niña...
—Pero yo llegué primero.

—Sí, ya sé, pero luego se quejan, no se crea. Y además (señala con la cabeza al niño) es pasarle el problema a otra familia.
—No, porque así aprende, para la próxima lo va a pensar.
—¿Y si no lo quiere nadie?
—¿¡Pero qué dice!? ¿Cómo no lo van a que­rer si es un niño precioso?
—Precioso sí que es, pero se porta...
—Ah, ¿y qué pretende? ¿Que me lo lleve yo?
—No, si no digo eso.
—Hay que hacer algo, maestra, hay que po­ner límites, si no van de peor en peor.
—Bueno, ¿y cuál quiere?
—Una niña, ¿no le digo? (mira hacia el pa­tio). Aquélla, la que está saltando.
—¡Elena! ¡Recoge tus cosas que te vas con la señora que será tu madre!
—¡Uf! (la niña con evidente fastidio), ¡estoy jugando!
—¡Ala! ¡Vamos! Sin protestar, mira qué pri­mera impresión más fea le vas a dar a la señora.
La niña, resoplando contrariada por la inte­rrupción del juego, va al salón.
—¿No será peor que éste, no? (la madre, preocupada).
—¡Qué va! Es un ángel, lo que ocurre es que estaba jugando; los niños son así.
Llega la niña con su mochila.
—¿Vamos a casa, Elenita?
—¿Y hay tele?
—(La maestra y la madre sueltan una risa).
¡Claro que hay tele! Y un perro muy hermoso, que a Fernando le gustaba mucho, ¿verdad, Fernando?
—...(elniño, con la mirada baja, asiente).
—¡Qué lindo! ¡Nunca tuve un perro porque mis papas no me dejaban!
—Pues vamos a casa, que ya tienes uno. Y tú, Fernando, pórtate bien con tu nueva familia y nos vienes a visitar cuando quieras, ¿sí?
El niño asintió otra vez, sin levantar la mira­da. La madre saludó amablemente a la maestra. Esta se despidió de Elena con un beso y dio vuelta hacia el patío, con Fernando de la mano.
Este cuento es de Luis Pescetti y el libro se llama Nadie te creería

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